El huracán encontró propósito reventando sobre el macizo de la Sierra Madre; se derramó sobre riscos y cañadas, recargando los veneros ocultos y desbordando los excedentes en cauces que permanecían secos por meses. La corriente era violenta, venía de lejos y tenía prisa en su rumbo al Golfo de México.
Zenaida García y su padre Porfirio habían quedado atrapados en un islote. Rodeados por el río crecido, esperaban el amanecer para intentar salir de la prisión fluvial. La carreta que conducía su padre naufragó con sus escasas pertenencias al tratar de cruzar el río. Lograron rescatar al caballo, único inquilino en cautiverio que sabía nadar. El clima de la región no ofrecía aguas calmas donde aprender el nado. Zenaida pensaba envuelta en la oscuridad: «Mejor ni saber nadar, así uno se ahoga sin batallar tanto».
El cometa llevaba semanas brillando rabioso, anunciando el amanecer; se suspendía sobre el horizonte irradiando una cauda de horror y fascinación que advertía a justos y pecadores de las tragedias por venir. Porfirio dormitaba bajo un sarape, roncando incómodo sobre el lecho empedrado. Habían colocado estacas a orillas del arroyo para medir la crecida del torrente; las referencias seguían en sus sitios, pero rebasadas por las aguas.
Zenaida vestía una blusa de lino con cuello alto y mangas que le cubrían hasta las muñecas, una falda larga hasta los tobillos, rematada en un holán que la separaba de los botines de amarrar. Un par de gruesas trenzas dividían su pelo, descendiendo desde un rostro que parecía estar juzgando todo el tiempo. Los grandes ojos negros, los labios que de breves parecían fruncidos y el entrecejo acentuado sugerían que quizás algo o alguien no era de su completo agrado. Su madre, Ramona, había muerto a inicios de año por complicaciones del parto; el producto, una niña, sobrevivió por dos días. Abuelas y tías —con la amargura que alimenta la experiencia— afirmaban que las tragedias llegan de tres en tres. Sumando a la difunta madre y la hermana que dejó de ser, Zenaida anticipaba que ella cerraría el ciclo. Con una mueca por sonrisa, murmuró: «Aquí me voy a morir, a mis 16 años, huérfana y sin haber amado».
El caballo cautivo relinchó apuntando las orejas tiesas hacia la orilla opuesta; algo había sentido la bestia. El viento que lo huele todo despertó a Porfirio García, que reconoció de inmediato el olor a leña quemándose al fuego; una llama incipiente brillaba sobre la orilla contraria atendida por una figura en cuclillas. La promesa del rescate se incorporó recortándose contra la claridad del amanecer; los convictos del islote agitaron los brazos animados al reconocer en la ribera salvadora la inconfundible estampa del Negro Maclovio.
Maclovio levantaba cerca de dos metros de altura rematados por una melena poblada de rizos que regresaban sobre sí mismos, creando una barrera esférica que no requería de sombreros. Zenaida lo recordaba de sus frecuentes visitas a su casa en Congregación el Arrullo. Desde la llegada del ferrocarril a la cercana Estación Ochoa, la presencia de Maclovio se volvió regular. El Negro comerciaba ganado y domaba potros; sus servicios eran requeridos con frecuencia por los habitantes del Arrullo. Negro Maclovio era el único hijo del finado Negro George Cuaco; se rumoreaba que el padre había hecho fortuna durante la Guerra Civil americana contrabandeando algodón, armas y caballos. La gente del Arrullo aseguraba que el padre de Maclovio había enterrado un tesoro de monedas de oro en la Sierra Madre. El Negro George Cuaco muere cuando fue sitiado en una mina abandonada; los asaltantes prendieron fuego a un armón y lo precipitaron al interior de la galería. George Cuaco y sus arrieros salieron a sangre y fuego enfrentando a sus enemigos; al final de la masacre, los asaltantes se retiraron maltrechos, dejando a los muertos insepultos. Nadie recordó que George Cuaco viajaba con su hijo, el niño Maclovio. Testigos del enfrentamiento aseguran que el menor sobrevivió y que salió de la mina por su propio pie, cubierto en tizne y con quemaduras en el cuerpo.
Zenaida García creció intrigada por el rumor que sus tías ventilaban cuando platicaban ajenas a su presencia. Ella era la encargada de llevarle de comer a Maclovio cuando amansaba potros y notó que, bajo el paliacate con que el Negro se envolvía al cuello, la piel cambiaba su tersura, jaspeándose con el tono del café con leche. A Zenaida, la niña, le gustaba acompañar a Maclovio cuando le llevaba el almuerzo. El Negro había viajado por toda la región y la muchachita se deshacía en preguntas sobre lugares lejanos y los hábitos de gente ajena. Maclovio abundaba en detalles y dibujaba sobre la tierra las ciudades y los accidentes geográficos de sus correrías: elaboraba puntual sobre la navegación en barcos de vapor sobre el río Bravo y la bebida insípida que la tripulación bebía puntual a las cinco de la tarde; recreaba a detalle el olor de los andenes del ferrocarril en la capital del estado, Real del Monte, y de las gitanas que lo frecuentaban, famosas por sus artes adivinatorias y su poder para robarle los buenos recuerdos a los incautos; contaba minucioso sobre el polvo que lo igualaba todo cuando arreaban ganado hacia Texas y fundía reses y vaqueros en una misma cosa; narraba elocuente del incansable mar océano frente a Santiago de los Esteros, donde los niños aprendían a nadar entre tiburones. Pero el relato que más impresionaba a Zenaida era el del pueblo fantasma de Minas de Santa Marta de los peyotes, habitado por las criaturas delirantes conocidas como los Suatos, seres violentos que experimentaban brotes colectivos de culpas, dudas y miedos, y que solo las señoras conocidas como las «Mamadrinas» sabían sosegar.
Maclovio regresaba al Arrullo cada año junto a las grullas, trabajaba para los García y cualquiera que quisiera emplearlo, pero el último invierno había faltado a su cita. Corrían tiempos de lucha armada y las familias ricas de Real del Monte —principales empleadoras del Negro Maclovio— aprovechaban para administrar las carencias y mantener la ciudad libre de las llamas revolucionarias. La relación con los adinerados regiomontanos se remontaba hasta el siglo anterior, cuando su padre George Cuaco habilitaba el trasiego de mercancías rumbo a y desde Europa. El producto de los aranceles de las mercancías importadas no era reportado al lejano gobierno central. A diferencia del resto del país, en Real del Monte, los comerciantes y gobernantes eran los mismos; política y negocios eran una misma cosa. Por décadas, los regiomontanos estaban acostumbrados a casarse entre primos, amarrando apellidos y fortunas. Con el capital y el poder bajo un mando consolidado, la prosperidad en un territorio agreste, con un clima extremo, acosado por bandidos y comanches irredentos, parecía posible.
Zenaida contemplaba al Negro de pie sobre el paredón que había escarbado el río crecido; el cauce embravecido pasaba con un resuello ensordecedor. Maclovio se colocó ambos puños a los lados de la cabeza, apuntando los dedos índices al cielo; después onduló ambas manos en dirección de la corriente, presentó las palmas una frente a la otra, cual si suspendiera un aplauso, y remató la comunicación imitando con ambos brazos el ciclo de quien estira una cuerda. Porfirio no tenía buena vista y preguntó:
—¿Qué dice el Negro?
—Zenaida tradujo— Dice que tenemos que llevar el caballo río abajo; que ahí va a estar más estrecho para sacarnos.
Riata en mano, Porfirio llevó al caballo nervioso al punto donde habrían de cruzar. Zenaida probaba la profundidad con una vara para descubrir que el cruce era más estrecho, pero también más profundo. El Negro Maclovio apareció en una mula colorada que parecía una extensión de su cuerpo. Cruzó sin dificultad aparente las aguas blancas de rabia y emergió goteando el lecho cubierto de piedras bola. Todos parecían aliviados, menos el caballo, que desesperado quería cruzar. Maclovio llevó a tierra firme al penco, guiándolo del cabestro y hablándole en un lenguaje que solo entre ellos entendían. Regresó por Zenaida, que montó en ancas y se apeó en el lado seguro, escurriendo de las enaguas. Porfirio había embutido sus botas en el morral que llevaba al hombro y, descalzo, montó hacia la libertad. Justo cuando terminó de calzarse, extrañó el sarape que lo había abrigado en cautiverio, multicolor y ajeno a su entorno; el cobijo se había quedado en el islote. La corriente alcanzó a la prenda y esta se entregó a su suerte, bailando graciosa con los remolinos y crestas que terminaron por inundar el refugio empedrado.
* * *
La abuela Idalia Manzanares aseguraba que el antecedente más lejano de la familia García Manzanares era el de un indio apache de nombre Juvenal García que se había quedado a vivir a orillas del río San Juan. Decía que aquel indio era trabajador y que se había casado con mujer blanca. Nadie dudaba de la afirmación de la abuela porque la mano de obra en la región siempre había sido escasa y, aun cuando la tierra regada por la cuenca del San Juan era fértil, esta requería de trabajo arduo para rendir frutos. El ancestro Juvenal no se apellidaba García; adoptó el complemento al notar que más de la mitad de los habitantes de la región se apellidaban así. En su elemental construcción de identidad, el apache ya había cambiado su nombre cuando fue bautizado; el original era «Dajunne», y a prohibición expresa del párroco encargado del sacramento, su nombre pasó a ser Juvenal. La evidencia de mayor peso de la abuela Idalia Manzanares sobre el pasado indígena de la familia García guardaba resabios racistas, pero fácticos. Explicaba el caldo étnico de su descendencia en base al color de la piel, cuando afirmaba: «Mis hijos me salieron igual de güeros que yo, pero algunos se me hicieron más prietos de grandes». Pragmática agregaba: «Hazte de cuenta como la gente de mi marido Servando García y los nietos del apache Juvenal, que de niños todos son güeros, pero con la edad, unos se van haciendo más prietos que otros».
La descripción de la abuela Idalia guardaba cierta verdad; al contemplar a los primos García en sus juegos infantiles, lo que los identificaba como parientes era un cabello rubio cenizo que albergaba una población de piojos permanente. Tanto el pelo claro como los piojos se extinguían con la edad, pero algo en el ruido que producían al caminar, la forma de llevar el sombrero, el cómo se apeaban del caballo o el meñique distraído al beber café permitía a la parentela identificar a los propios de los extraños. En cuanto a las primas García, la interpretación era más compleja, con una belleza que parecía desmedida para su propio bien; solo guardaban en común ser malas paridoras y cargar un carácter difícil. La abuela Idalia, al reconocer la actitud belicosa de sus hijas, dramatizaba rogando al cielo: «Dios santo, perdóname a mis niñas, no son malas, es la sangre apache de su bisabuelo Juvenal».
El antepasado Juvenal, junto a la bisabuela Procura Falcón —la mujer blanca antes mencionada—, procrearon ocho hijos, cinco hombres y tres mujeres. Cientos de años de una parentela aislada en un mismo territorio determinaban un acervo genético que se repetía en los miembros de la comunidad; o dicho de otra forma, se casaban entre primos, todos eran iguales y algunos más iguales que otros. La inmediata descendencia del apache Juvenal resultó determinada por la sangre de su mujer Procura; salieron para el lado Falcón y, por ende, blancos. Fue hasta la llegada del bisnieto Porfirio cuando la fuerza física y espiritual del indio Juvenal se volvió a manifestar.
En sus años nómadas, cuando se alquilaba como jinete en las carreras de caballos, Porfirio era conocido como «el Apache»; montaba descamisado con un paliacate rojo atado en la cabeza, el pelo largo al viento, marcaba en ocre y negro su rostro y las ancas del caballo cuando la carrera lo ameritaba. Sus rasgos eran tan distintivos del grupo étnico, que era frecuente que los blancos lo saludaran afables —pensaban conocerlo— solo para descubrir que se confundían, pues «este era otro indio». El epicanto que otorgaba a su mirada un aire de misterio, la nariz afilada, los labios que parecían en un murmullo constante, los altos pómulos y el mentón adelantado se combinaban para reivindicar a Porfirio como un descendiente de los «Pueblos del Sol».
En aquellos años, Porfirio conoció al Negro George Cuaco y a un Maclovio niño. Recorrió toda la región fronteriza del bajo río Bravo compitiendo con los caballos de Cuaco. Con la llegada del ferrocarril en 1904, la emprendió por su propia cuenta y extendió sus correrías al interior del país. Llegó hasta la capital, donde se unió a un circo con un número donde ejecutaba suertes a caballo. Después de seis años de andanzas, el apache Porfirio regresó al Arrullo; su prometida Ramona se mantenía atenta a los destinos de su futuro marido gracias al telégrafo. La fecha de la boda se había postergado en múltiples ocasiones debido a que la prometida se encontraba con frecuencia cumpliendo luto por la muerte de un familiar. Ramona había quedado huérfana a temprana edad y sus tías se habían encargado de su crianza. Con fatídica frecuencia, la sucesiva muerte de sus tías y el duelo obligatorio habían impedido que contrajera nupcias con el errabundo novio. Al final, cuando todas las tías habían acabado de morirse, Ramona se casó con Porfirio; ambos contaban con 26 años de edad.
Aquel año del cometa, enfrentando la muerte, Ramona le pidió a Porfirio que se encargara de los hijos y de su hermana menor: Eulalia. La muchacha tenía 28 años, permanecía sin casarse y no tenía novio en puerta, coincidencia que la situaba en condición de soltería a perpetuidad o «quedada». Porfirio aceptó el último deseo de su mujer con tal celo, que llevó a la que fuera su cuñada a vivir con él. Eulalia, con temor a las llamas eternas del infierno, le recordaba a Porfirio que: «No podían estar viviendo en pecado». El viudo se excusaba alegando que el duelo por la muerte de Ramona debía observarse por dos años a partir del deceso, y prometía que, una vez cumplido el plazo, «contraerían matrimonio ante la ley de Dios». Eulalia adelantó las consecuencias de compartir alcoba cuando avisó a Porfirio lo que ya se insinuaba en su vientre: “Más vale que termines de llorar a mi hermana pronto, porque lo que es a mí, ya me tienes cargando criatura”.
Emocionado ante la paternidad próxima, Porfirio decidió dejarse de rasurar y usar el pelo largo a la usanza de sus años mozos; el resultado fue una abundante cabellera entrecana y una escasa barba que se concentraba en el mentón. La combinación, más que otorgarle una reivindicación étnica, le hacía ver como una persona en condición de indigencia. Tal era su facha, que Zenaida y Eulalia le prohibieron acercarse al más pequeño de la familia, Felipe, que con sus dos años de edad, reaccionaba aterrado a la cercanía física del esperpento que no reconocía como su padre. Zenaida le advertía que no volvería a cargar a Felipito hasta que «se cortara el tlacuache que traía bajo el sombrero». Porfirio, resignado, se plantó frente al espejo y, con unas tijeras de trasquilar borregas, cubrió el suelo a su alrededor de una capa de cabello hirsuto. La gata que mantenía la casa libre de roedores y culebras, al toparse con la corona de mechones entrecanos alfombrando el piso, evitó pisarlos precavida, rodeándolos con respetuosa distancia.
* * *
El Negro Maclovio se había instalado en un jacal junto a los corrales, había arreado a los caballos desde un potrero que formaba el río y tenía trabajo por delante, al menos hasta la llegada del invierno. Zenaida retomó la rutina de llevarle el almuerzo y lo acompañaba a consumir los alimentos; en silencio, contemplaba a Maclovio dejar limpio el plato de la comida en turno. El Negro guardaba especial predilección por el café endulzado con piloncillo y Zenaida se aseguraba de llevárselo en cantidad suficiente como para mantener despierto a un regimiento. La convivencia tenía un protocolo: la muchacha llevaría la comida en tiempo y abundancia y, a cambio, el arriero tendría que narrar sus andanzas, fueran estas nuevas o repetidas. A Zenaida, las historias de Maclovio se le confundían con los sueños; por las noches recordaba detalles faltantes y regresaba a la cita a completar los pormenores que explicaban un mundo donde las cosas pasaban de manera inevitable. El papel de Maclovio en las narraciones siempre era el de un testigo ajeno; platicaba de tal forma los acontecimientos que quedaba claro que él no podía intervenir en sentido alguno.
—Pero cómo es que no te diste cuenta, Maclovio —preguntaba Zenaida —, te quedabas ahí parado nada más viendo.
—Sí me di cuenta, pero ya después, cuando Mingo ya se había robado a la muchacha esa, Purificación.
—Pero tú me dijiste ayer que tu amigo Domingo, o Mingo, que le dices, no le gustaba hablar y que tenía el poder de saber cuándo alguien decía mentiras y que Purificación era muy rica, orgullosa y altanera; entonces, ¿cómo es que se querían? Así nomás, a lo zonzo, como animalitos del monte.
—No sé cómo le hicieron, de repente ya se habían ido; los vieron subiendo el coche sin caballos, ese al que le dicen automóvil, a un vagón del tren rumbo a Nuevo Laredo. De que se vieron, a que se arrimaron y se huyeron en el tren, debe haber pasado un año; entonces, yo creo que se veían a escondidas, aunque Mingo fue el que le enseñó a manejar el coche a la señorita Purificación, entonces, puede que igual ahí fue, pues se iban toda la mañana y hasta a veces todo el día. ¿Cómo andaría el Mingo de flechado que me dejó a su mula la Conchita? Mírala, es esa colorada que está ahí en el corral; hasta acá vino a dar.
Zenaida volteó hacia la mula sin mayor interés; el equino no podía completar las partes importantes de la historia de Mingo y Purificación: detalles de cómo se miraban, qué ropa vestía la muchacha, cómo llevaba el pelo, si seguía yendo a misa, si Mingo hablaba con más frecuencia, pormenores de quién de los dos sonreía frente a su amor oculto, o si la ayudaba a subir y bajar de aquel automóvil impulsado por el pecado. Maclovio abundaba en complementos innecesarios como la marca del coche, cuánto había costado, desde dónde lo habían traído, todo salpicado de una imitación sonora del ruido que hacía el auto al desplazarse. La historia era interesante, pero los elementos esenciales, los invisibles a la vista, apenas se alcanzaban a interpretar; faltaban los roces furtivos que insinuaban la promesa de la intimidad, el amor desatado que los había llevado a escapar de sus vidas estancadas y los silencios cómplices que anticipaban el encuentro. El Negro Maclovio diluía la narración inundando de consideraciones mecánicas y financieras sobre los costos de mantener un automóvil en un lugar que no contaba con caminos transitables y lo difícil que podía llegar a ser conseguir piezas de repuesto y combustible para aquel vehículo, reflexiones que resultaban de sumo interés para papá Porfirio García, por ejemplo, pero no explicaba el caldo de pasiones que alimentó aquel amor prohibido.
* * *
Franqueada por el itacate y el jarro de café, Zenaida García se sentó en la banca colocada bajo el techo de palma que decoraba el jacal. En el corral, el caballo giraba alrededor de Maclovio, limitado por una cuerda, mientras el Negro blandía un fuste animando al equino a continuar con su trote circular. A ojos de Zenaida, era la misma rutina, con el mismo caballo, repitiéndose por cinco días consecutivos. A la orden del vaquero, el caballo se detuvo sobre sus propias huellas. Maclovio liberó a la bestia que, cansina, se dirigió hacia Zenaida, que esperaba a orillas del corral. Tenía la costumbre de llevarle un pedazo de piloncillo al equino que estuviera en turno de hacerse a la monta.
Maclovio emprendió directo hacia la comida; Zenaida se sentó a su lado y contemplaba divertida la total carencia de modales del Negro al momento de consumir sus alimentos.
—¿Y cuándo andabas en el monte, comías con los arrieros? —preguntó retórica Zenaida.
Maclovio se llevó a la boca un trozo de tortilla que equilibraba el guisado de calabaza con puerco y se limitó a asentir con la cabeza. Al verlo con restos de comida en el rostro, Zenaida le acercó el paño en que envolvió la comida y decidió esperar en silencio a que el vaquero terminara su almuerzo.
Zenaida era la maestra del pueblo; su encomienda era enseñar a leer, escribir y las operaciones aritméticas básicas a los menores del Arrullo y ranchos colindantes. El éxito de su actividad docente animó a los vecinos a organizarse para reemplazar el jacal que hacía las veces de salón de clase con una construcción de sillar que albergara pupitres, escritorio, pizarrón y un mapa del mundo donde destacar con un alfiler la ubicación del Arrullo. La escasa convocatoria a atender la nueva escuela animó a Zenaida y las mujeres del pueblo a ofrecer un almuerzo a los alumnos. Las familias de menos recursos se convencieron de enviar a sus menores, pues eso aseguraba que: «Al menos, una buena comida sí van a tener». Zenaida aprovechaba para enseñarles modales a la mesa y a comer con tenedor y cuchara. Su experiencia con los niños y niñas le permitía distinguir cuándo algunos carecían de instrucción doméstica alguna. Los novicios, por simple proximidad con sus compañeros, imitaban puntuales los hábitos de los comensales instruidos, y en cuestión de días repetían las formas como si siempre las hubieran tenido.
Zenaida contaba con poco tiempo una vez que Maclovio había consumido sus alimentos; para el Negro, la hora de la siesta era ineludible. En contra de su afecto por platicar, el hábito se imponía y a mitad de la conversación se quedaba dormido. Para mantenerlo despierto, Zenaida decidió platicar de un tema de interés para Maclovio.
—Cada vez que vengo a verte, la mula remontada está parada en la loma —afirmó Zenaida—, ¿cómo es que no se arrima con las demás mulas en el corral?
—Sí se arrima, en la noche y nada más cuando quiere —contestó Maclovio—. No le gustan la gente ni los perros. Hace dos años, junto con las otras mulas, traté de hacerla a la rienda; le hice la lucha y me daba cuenta de que entendía todo lo que le pedía, pero no quería hacerlo. Hay mulas que salen así y no hay forma de cambiarlas.
—La última vez que te fuiste, la mula esa, la remontada, también se fue y no se le miraba por ningún lado; se apareció cuando regresaste —dijo Zenaida—, pero se queda ahí en la loma y nada más mirando cuando pasa alguien. A mí se me hace que sí quiere bajar.
Contra todo principio de economía agrícola, Maclovio decidió poner a prueba el dicho de Zenaida:
—Pues vamos a ver si es cierto, vamos al corral viejo, le ponemos pastura y en una de esas se baja a comer.
Llegando a los corrales y anticipando una espera larga, Zenaida tendió un sarape a la sombra de un mezquite. Maclovio vertió la pastura en un comedero maltrecho. El viento corría colina arriba y, contra toda predicción, la mula la emprendió de bajada hacia los corrales. Para cuando Maclovio regresó al sarape sombreado, la mula comía en aparente calma. Fueron los ronquidos de Maclovio los que alertaron al equino; tendido cual largo era sobre el sarape, se había abandonado a la siesta. Zenaida guardaba otro trozo de piloncillo y decidió acercarse para ofrecérselo a la mula arisca. La muchacha se tomó su tiempo y en su aproximación le fue cantando en un susurro la tonada con que solían dormir a su hermanito, el bebé Felipe. La mula volteaba distraída mientras consumía la pastura; a juicio de Zenaida, el animal estaba tranquilo. Maclovio seguía acompañado por sus ronquidos y la mula parecía familiarizada con ellos. Librando lenta pero segura los palmos de terreno que la separaban de su objetivo, Zenaida extendió la palma de la mano ofreciendo el dulce; el animal hizo por la ofrenda y reaccionó agitando la cabeza arriba y abajo con lo que tendría que ser entusiasmo y contento. Quería mostrarle a Maclovio el logro, pero no podía gritarle, pues corría el riesgo de asustar a la mula que seguía rescatando restos de piloncillo de la palma extendida. La muchacha regresó sobre sus propios pasos hacia la sombra del mezquite y la mula fue tras ella. Encontró a Maclovio inmerso en su siesta; la mitad de sus piernas yacían sobre la tierra, su tamaño sobrepasaba las dimensiones del sarape. Una de las botas tenía un hueco en la suela por donde se adivinaba un remiendo de cartón; vestía una chamarra cuyo color debió haber sido caqui y ahora se remataba en capas bruñidas de sudor y tierra. Inmóvil y durmiendo como un niño, se notaba que había pasado mucho tiempo desde que el Negro se hubiera tomado un baño o que un peine hubiera desafiado su pelambre. Al ver a Maclovio dormido compartiendo sombra con la mula, Zenaida descubría un rostro joven y una barba tan escasa como sus hábitos de etiqueta y aseo. Pensaba: «Papá Porfirio debe saber la edad del Negro. Porque mamá que lo criara, se nota que nada más no hubo».
* * *
A la luz de un quinqué, Porfirio consultaba por enésima vez la sección de las «Proyecciones astrológicas» en el Almanaque. La edición era de 1913; ya habían pasado dos años de su emisión; sin embargo, consideraba que las predicciones de los astros seguían siendo válidas; es más, las fechas que cubrirán las estrellas se habían distribuido a través de las estaciones. Eulalia y Zenaida bordaban mientras Porfirio, en su escrutinio comparativo, explicaba cómo los vaticinios de los nacidos bajo la casa de Tauro se habían transmutado a los que vieron sus primeras luces bajo los astros de Virgo, y cómo los designios originales de estos últimos ahora condicionaban la existencia de aquellos bajo el sino de Escorpión. Las conjeturas de Porfirio iban más allá de interpretaciones semánticas; tenía evidencia fáctica, hechos que se habían manifestado en la realidad y probaban por sus causas ciertas lo que el Almanaque auguraba.
—Mira, ahí tienes a mi compadre Genovevo, que es Acuario. Bien dice aquí mismo y con todas sus letras para los de Piscis que: «Saturno adelantado, desaparece de tu signo y señala una posible racha de mala suerte» —leyó Porfirio—. Así igualito se lo dije a Genovevo y, como no entendió, se lo expliqué despacito. No me hizo caso y le vendió dos vacas al primo Filiberto, pues según Genovevo ya no eran paridoras y que se les cortaba la leche. El primo Filiberto no sabía que las vacas no parían, pero se las olió, pues el Genovevo las vendía muy baratas. Y ya ven, las dos vacas ahijaron al año. Los astros no se equivocan; los presagios de los de Piscis se pasaron a los de Acuario, está bien claro, pues los dos son de agua; solo hay que saberle averiguar.
Eulalia y Zenaida asentían convencidas; si el Almanaque podía traducir las predicciones de las constelaciones, Porfirio probaba, una y otra vez, que él podía traducir del Almanaque lo que pasaría en el pueblo.
—Es bien sencillo —afirmaba Porfirio—, es como cuando llenas de calabazas la carreta; al comienzo parecen desordenadas, pero andando la carreta, se van acomodando todas, hasta la más pescuezona. Igual es con la astrología; al comienzo como que no se entienden, como que son misterios, pero donde va pasando el tiempo, todo se acomoda y ya tiene sentido. El almanaque lo dice, es «científico», que quiere decir que, además de ser cierto, es verdad.
—Y hablando de misterios —comentó Eulalia—, ¿qué habrá traído a Maclovio a quedarse por acá? Ya lleva para un mes en el jacal de los corrales y no tiene pinta de querer irse. A mí se me hace que le tiene voluntad aquí a la niña Zenaida, pues se le queda viendo con ojos de borrego a medio morir.
—¡Pero qué cosas dices, Eulalia! —exclamó Zenaida mientras ataba un ovillo de estambre.
—Pues no nada más yo digo, es la comidilla del pueblo. Debajo de toda esa mugre se nota que el Maclovio está guapo y además está muy alto. Es cosa de darle un baño, cortarle esos pelos, conseguirle ropa que le quede, perfumarlo, y ya queda chulo de bonito.
—Además está lo del tesoro —completó Porfirio—. Es riquísimo el negro ese.
Zenaida puso el bordado a un lado, cruzó los brazos y dijo:
—No creo que a Maclovio le guste que estén hablando de él a sus espaldas ni que le anden inventando que tiene tesoros. Sí hablan de mí, me da igual, yo me defiendo, pero aquel es medio bruto, no sabe cómo tratar con la gente a menos que esté vendiendo un caballo o haciéndole mandados a los ricos de Real del Monte. De lo del tesoro, a mí se me hace que son puras echadas; no tiene ni donde caerse muerto. La mula colorada esa en la que llegó, ni siquiera es de él, es un encargo, es de un amigo suyo que anda fugitivo con una muchacha que se robó.
—¡Válgame Dios! —exclamó Eulalia—. ¿Cómo está eso de la muchacha robada y por qué no me habías contado?
—Porque no tengo el arguende completo —contestó Zenaida—. El Maclovio es bien malo para echar mentiras y se nota que me está escondiendo algo, que faltan partes de la historia esa de su amigo ese, el Domingo, y su enamorada, la señorita Purificación.
—A mí se me hace que con esos nombres tan bonitos se nota que sí se quieren mucho, pero que tendrán que sufrir por su amor —predijo Eulalia, exhalando un suspiro.
—El otro día le pregunté su edad y no me supo decir —agregó Zenaida—. Tampoco sabe cómo se llama su mamá; solo sabe que se murió y que nunca la conoció. Que lo crió su papá George Cuaco y unas señoras que se hicieron sus tías en un pueblo de la sierra que se llama Minas, de un nombre que ya no me acuerdo.
—Minas de Santa Marta de los peyotes —completó Porfirio—, es el pueblo fantasma donde dicen que viven los Suatos y que nadie se arrima por allá, pues dicen que si te quedas mucho tiempo, te vuelves otro de los Suatos.
—Sí, ese es el pueblo mentado donde creció y al que casi nadie se apersona por allá. Que viven de criar chivas y que son unas que les dicen mamadrinas las que bajan a los pueblos a vender los quesos y los cueros y a comprar la vitualla. Y ni se crean —agregó Zenaida—, ya le pregunté del tesoro, que si sabe dónde está escondido, y que si sabe cómo llegar, y me contestó que: «Lo tiene en su cabeza». Entonces, se está haciendo el tonto, porque sí se aprendió de memoria el lugar donde tiene guardado su tesoro.
—¿Y cuándo piensa ir por su tesoro y hacerse rico? —preguntó Eulalia—. Ya para luego es tarde.
—Ahí es donde te digo que me oculta algo —dijo Zenaida—; cuando le pregunto, como que le entra la muina y empieza a hablar de otras cosas. El otro día me ganó la curiosidad y las ansias de saber del tesoro ese y le dije que entre nosotros no debía haber secretos. Sí me entendió, pero me dijo que no podía decirme, pues me ponía en peligro de muerte si me enteraba dónde estaba el tesoro.
—Tiene razón Maclovio, no nos conviene que te lo sepas —intervino Porfirio—. A su papá George Cuaco lo mataron porque andaban buscando que dijera dónde escondía el tesoro. Por eso el Maclovio anda así como si fuera muy pobre; nadie sabe que es hijo del Negro George Cuaco, piensan que es otro negro más que llegó de Estados Unidos; aquí sabemos por pura casualidad. La primera vez que vino Maclovio al Arrullo, todavía estaba chamaco; llegó con un arriero de nombre Milton, negro también; huían rumbo a Texas. El Milton aquel sobrevivió a la emboscada donde mataron a George Cuaco y había rescatado a Maclovio, que llegó con unas quemaduras en su cuello, el suyo de él. Ninguno de los dos hablaba bien español, puro inglés casi. El Milton se murió aquí de las heridas que traía y dejó dicho que Maclovio era el único que sabía cómo dar con el tesoro, que lo iban a querer matar para sacarle el secreto, que se lo cuidáramos. Yo conocía desde antes al Negro George Cuaco, de cuando corría caballos. También conocí a la mamá de Maclovio cuando lo traía en brazos; era una mujer blanca que se llamaba Oneida y que se murió de tifus cuando hubo la peste. Cuando murió el Milton aquí, nos quedamos al chamaco Maclovio por unos días, pero una mañana ya se había ido, ni las gracias dio. Solo aquí es que algunos sabemos que se llama Maclovio, y que es hijo de George Cuaco; anda tú a saber cómo lo mientan en otros lados.
—¿Y cómo es que no nos habías contado todo eso? —exigió Zenaida.
—Por lo mismo —contestó Porfirio—, no es bueno saberlo. Días después de que aquel chamaco Maclovio se huyó del pueblo, llegaron como veinte hombres armados y a caballo preguntando por un arriero y un muchacho negros; traían unos retratos de los fugitivos en unos papeles que decían algo en inglés. Eran los Rinches, unos gringos de Texas que nunca se pasan para este lado. Nos dijeron que si no les decíamos dónde andaban los negros, nos iban a quemar el pueblo. Les dijimos que el muchacho tenía días de haberse ido, y que el otro llevaba semanas muerto y enterrado. Los Rinches desenterraron a Milton buscando alguna pista de dónde estaba el tesoro; no le encontraron nada, dejaron el cadáver descompuesto tirado al sol y la emprendieron rumbo a Texas.
—¿Y eso, hace cuánto tiempo fue? —preguntó Zenaida.
—Hace como quince años, todavía no cambiábamos de siglo y tú seguías de brazos —contestó Porfirio—. Pero esos Rinches son pelados muy méndigos; deben de seguir buscando a Maclovio. Desde que llegó el tren se han aparecido menos; siempre andan buscando algún huido o alguien que hizo maldades de aquel lado. No averiguan bien, porque no hablan español, nomás cuando traen intérprete. Llegan hasta aquí; más adentro pasa el ferrocarril y ese siempre trae un piquete de soldados, y con los guachos no le entran; hasta aquí se animan.
Zenaida suspendió el tejido y logró conectar los retazos de información que Maclovio le había adelantado. Sentía que la verdad tendría que emerger en algún momento. El peligro que representaba que los antecedentes de Maclovio salieran a la luz era cierto.
* * *
—Atenógenes, pero los que me conocen me llaman Teno o el Negro Teno; así me han mentado siempre. Mi mamadrina Zenobia me puso así cuando me guardó en Santa Marta; allá igual me dicen Atenógenes, solo aquí me dicen Maclovio.
—Me dijiste que, según tu papá George Cuaco, habías nacido con un eclipse —dijo Porfirio— y que andaban cerca del mar. Ya revisé el almanaque y ese eclipse fue un 29 de julio de 1897 y cayó en Tampico, que según el mapa de la escuela está juntito al mar. Eso quiere decir que tienes 18 años y, lo más importante, que naciste bajo la influencia de un evento que te marcó como un fierro al rojo vivo.
Porfirio llevaba meses desentrañando los designios que guardaba la astrología; había logrado integrar una biblioteca con ediciones de distintos almanaques, calendarios, lunarios y pronósticos astrológicos, que se remontaban hasta mediados del siglo anterior. Consideraba su acervo como un cajón que guardaba señales y que su misión era interpretarlas para darle sentido al pasado y así poder predecir el futuro. La influencia de los cuerpos celestes sobre la faz de la tierra —repetía su colección de presagios— era difícil de interpretar, pero para Porfirio, las coincidencias eran claras. Se suponía suspendido como una araña en una red de circunstancias que solo él podía augurar.
—Me tomé el tiempo para buscar tu pronóstico astrológico —dijo Porfirio—. Nacimos debajo del mismo signo; cuando hubo eventos cósmicos, conmigo se alinearon tres planetas y contigo se oscureció el sol. Según los astros, este año debemos: «Valorar mucho el hogar, la familia y dar el paso hacia una boda tradicional». Conmigo está claro, Eulalia trae criatura y está necia que se quiere casar antes de que se alivie, y contigo te puedo decir que nada bueno va a salir de tu vida si sigues a salto de mata; ansina mejor debes pensar en asentar cabeza y matrimoniarte.
—Pues justo de eso le quería hablar, Porfirio —dijo Maclovio—. Yo le tengo voluntad a la niña Zenaida y quiero arraigarme aquí en el Arrullo; su familia García me ha tratado muy bien y el lugar me gusta. Así que, con todo respeto, aprovecho lo de las estrellas para decirle que quiero proponerle matrimonio a su hija Zenaida.
—Esa parte va a estar más difícil —contestó Porfirio—, mi Zenaida se manda sola, así que de ella va a depender. Nada que yo le diga la va a hacer cambiar de opinión; es una muchacha muy cabezona. A mí me cuadras como yerno, estás sanote y eres trabajador, y tu ayuda aquí en la comunidad nos vendría muy bien. Pero ya te lo digo, con Zenaida es otra cosa; a todos los que la han pretendido los ha mandado a ver si ya puso la marrana. Lo que puedo hacer es que le aviso que tú le tienes voluntad y de ahí en adelante será lo que ella diga.
Porfirio desandó el trecho entre los corrales y el caserío, espacio suficiente para poner en orden sus pensamientos. Se aproximaba Jueves de Corpus, empataba con la entrada de la primavera —o el equinoccio, como decía el almanaque—, habría luna llena, y las cabañuelas habían augurado buen clima. Los signos eran claros; el pronóstico astrológico indicaba un periodo ideal para cortarse el pelo, bañarse de cuerpo entero, sembrar sorgo y contraer nupcias. Un elemento estaba pendiente y tenía que ver con la vida terrenal y la tensa relación que mantenía con el padre Cruz, sacerdote de Cantabria, la cabecera municipal. El párroco guardaba reservas sobre las actividades proféticas del viudo y existía la posibilidad de que se negara a impartirle el sacramento. El ejercicio de Porfirio en las artes adivinatorias y su capacidad para adelantar acontecimientos cotidianos se habían esparcido por la región y, dos veces por semana —al menos—, otorgaba consultas a personas atribuladas por la incertidumbre. En privado, el padre Cruz consideraba que las adivinaciones de Porfirio García rozaban lo pagano y acusaban simpatía por el maligno. Para su sorpresa y confusión, el padre Cruz había descubierto que el consejo de Porfirio guardaba coincidencias con sus propios juicios. El celo inquisitivo del párroco se veía atenuado al enterarse de que, al final de las llamadas «Anticipaciones», Porfirio advertía que sus augurios de la fortuna astral solo llegarían a manifestarse cuando prendieran una veladora a la Virgen y contribuyeran en dinero o en especie —un cabrito, por ejemplo— para el mejoramiento de las condiciones de la parroquia del padre Cruz.
Eulalia desgranaba mazorcas en el solar cuando Porfirio le anunció su próxima boda. La novia se levantó de un salto, volteando la tina y desparramando el grano sobre el suelo. El gallinero en pleno coronó su abrazo, rodeando de plumas y cacareo la bonanza de maíz. Zenaida regresaba de la escuela y alegre aplaudió la noticia. La alharaca había despertado al bebé Felipe y se unió a la cacofonía con el llanto propio de un apetito desatendido.
—Eulalia tiene que ir a comprarse el vestido y Zenaida también —dijo Porfirio—. Ya le dije al fotógrafo que vamos a pasar a su estudio a tomarnos el retrato; tenemos carretones donde podemos ir y venir hasta Ciudad Cantabria y llevar mucha comitiva. Nos vamos tempranito y la fiesta la hacemos de regreso; los músicos ya están apalabrados y vamos a mandar matar cinco borreguitos para echarlos al pozo y hacerlos barbacoa.
—Al Felipito también tenemos que tomarle su retrato —dijo Eulalia—. Mi comadre Tencha me dijo que el güero ese que es fotógrafo en Cantabria tiene muchos atuendos que les dicen y que puedes elegir el que te guste para vestir a la criatura.
—Tenemos que contar cuántos vamos a ser —dijo Zenaida—. Están los que vienen de fuera y hay que avisarles y arreglar dónde se van a quedar. Además, tienes que hablar con el Padre Cruz para que nos dispense el asunto de guardar luto.
—Los astros no se equivocan —afirmó Porfirio— y ahora es cuando. Mi proyección dice muy claro que tanto yo mero como el Maclovio nos tenemos que casar este año. Vengo de avisarle al Negro y se lo tomó muy en serio.
Zenaida alimentaba a Felipe y suspendió el viaje de la cuchara a medio camino entre el plato y la boca de su hermano.
—¿Y con quién se piensa casar Maclovio? —preguntó Zenaida.
—Pues recién me pidió permiso para matrimoniarse contigo —contestó Porfirio—. Me acaba de decir muy serio él y además que quiere quedarse aquí en el Arrullo. Lo dejé muy preocupado al hombre este y debe ser porque va a tener que esperar tu respuesta. Yo le dije que estaba difícil, que ninguno te cuadra y que ni se hiciera muchas ilusiones. Además, tenemos muchas muchachas aquí en Arrullo, pero me dijo que no, que a él le gustabas nada más tú.
Zenaida frunció el ceño y, suspendida en el tiempo, contemplaba un punto incierto sobre la mesa. El niño esperaba con la boca abierta la llegada de la cuchara que había caído distraída, derramando su contenido sobre el mantel a cuadros. El grito de Felipe distrajo a Zenaida de su trance. La hermana retomó la rutina y con la mirada perdida comentó ambigua: «No sé qué voy a ponerme para la boda».
* * *
Por razones de emergencia sanitaria, al vapor en el que viajaba el maestro Giuseppe Sanguinetti se le había negado la entrada al puerto de Nueva York. El capitán decidió navegar rumbo al sur y en cada uno de los puertos de la costa atlántica y del Golfo de México se les negó desembarcar. Llegando a costas mexicanas, las autoridades portuarias de Tampico permitieron bajar a los pasajeros, en su mayoría de nacionalidad siria. Maestro Giuseppe, ya en tierra firme, decidió por Real del Monte como destino para instalarse en el Nuevo Mundo. Consideraba que la competencia en materia de servicios fotográficos sería menor que en la Ciudad de México; se equivocó. En esos años, Real del Monte ya contaba con cuatro estudios fotográficos bien posicionados en el mercado.
La ruta del recién inaugurado ferrocarril conectaba Real del Monte con Santiago de los Esteros, y a mitad del camino el mapa señalaba una población fronteriza llamada Cantabria. La ciudad contaba con más de 7000 habitantes y le recordaba el nombre de la región de sus antepasados: Calabria.
El maestro Giuseppe sentó sus reales en Ciudad Cantabria y el éxito fue inmediato. Después de 10 años de trabajo ininterrumpido, las paredes de su estudio fotográfico lucían repletas de retratos varios. Como pájaros en un alambre, la familia García contemplaba las imágenes suspendidas en el tiempo. La elegancia transpiraba de los muros que suspendían personajes ataviados en sus mejores galas. La sección dedicada a la fotografía post mortem lucía rellena de angelitos rodeados de flores y sus familiares supérstites. La disentería, el tifus y el cólera se ensañaban con los menores y la fotografía ofrecía la posibilidad de recordarlos en vida.
La distancia del terruño y la prolongada estancia en Cantabria no fueron suficientes para atenuar el acento del fotógrafo calabrés. Compensaba con un repertorio de ademanes que subsanaban su jerga inentendible. A Porfirio le recordaba al director del circo donde había trabajado en su pasado nómada. El italiano ejercía la autoridad de quien está acostumbrado a mandar, la necesidad imperiosa de que las cosas se encuentren en el lugar que les corresponde y la sensación de que todos los participantes en la sesión fotográfica trabajaban en una tarea artística superior a la suma de sus voluntades.
La auténtica pasión del maestro Giuseppe era la frenología. Consideraba que con solo palpar el cráneo de las personas podría definir sus virtudes, defectos y tendencias naturales. Sus inicios en la fotografía habían sido en el ejército de la Italia unificada como asistente de un médico militar que estaba categorizando las diferentes personalidades dependiendo de la forma del cráneo. Aquel médico estaba convencido de que, una vez contando con un número suficiente de fotografías de cráneos, podría encontrar los patrones que definían la personalidad, en especial la de los criminales homicidas.
La cita para los retratos fue a las 2:00 de la tarde, momento en que la luz solar incidía en el estudio en el ángulo ideal. La sesión del bebé Felipe corrió sin contratiempo; el niño fue ataviado como marinero, con cuello enlistonado y pañuelo, completando el terno con un gorro de copa plana y visera. En el turno de los recién casados, el maestro Giuseppe tuvo diferencias con Porfirio: el exviudo insistía en mirar directo a la cámara y exhibir una sonrisa radiante, y para el fotógrafo eso era impensable. Solo hacía falta revisar el catálogo de retratos que exhibía en la sala de espera para demostrar que ningún adulto en su sano juicio volteaba hacia la lente desafiante. La mirada fija era considerada una actitud arrogante; ni Jesús en la cruz, ni los santos que adornaban la iglesia se atrevieron a tanto. La etiqueta era voltear a un punto indistinto en un horizonte imaginario con una expresión similar a cuando no recuerdas dónde dejaste amarrado el caballo. La decisión de Porfirio fue inamovible; exhibiendo su dentadura en pleno, dijo: «Cuando usted se case, mi Gabacho, se puede tomar el retrato como mejor le plazca; lo que es a nosotros, nos lo toma como yo quiero, que para eso se le está pagando».
Zenaida había esperado hasta el día de la boda para hablar sobre su decisión con Maclovio. Consideró que lo mejor sería escribirle una carta donde le explicara con claridad sus motivos. Ambos permanecían sentados en la recepción del estudio y, cuando se llevaba a cabo el retrato matrimonial, aprovechó para adelantar el sobre lacrado a Maclovio.
—Aquí te doy esta carta; en ella te explico mis pensamientos sobre lo que propusiste de pasar más tiempo juntos. Espero no lo tomes a mal; léela con cuidado y entonces, si aún puedes, podemos platicar.
El Negro reconoció su nombre escrito en tinta sepia, y se llevó a la nariz el sobre para asegurarse de que el olor a violetas emanaba de la carta.
—Ahora, ya que estamos aquí, yo te voy a invitar un retrato tuyo y yo también me voy a sacar uno mío —dijo Zenaida—. Así cada quien guarda el del otro para podernos acordar de nosotros cuando ya no nos veamos.
Maclovio se quedó atorado con la parte de «cuando ya no nos veamos», y el resto no lo alcanzó a entender. Los novios salían de la sesión acompañados por el ceremonioso maestro Giuseppe, que reaccionó sorprendido al ver que Maclovio se ponía de pie.
—¿Pero quién es este bellu guaglione? —exclamó Giuseppe—. ¡Pero podría ser Memnón, «El Etíope», vuelto a nacer!
El fotógrafo se acercó a un confundido Maclovio y, tomándolo de la barbilla, giró su rostro de un lado a otro buscando su mejor perfil. Las preparaciones estéticas previas a la boda habían dejado a Maclovio con un pelo corto y espeso que cubría su cabeza como una alfombra. Eulalia y Porfirio habían hecho un gran trabajo disminuyendo el volumen de cabello que el Negro cultivaba en la cabeza. Una vez rasurado, el resultado fue impactante: Maclovio guardaba una simetría perfecta en ambos lados de su rostro; la nariz sobresalía, respingándose con ligereza hacia su mentón; los labios gruesos armonizaban con la dentadura uniforme; y las rizadas pestañas sugerían la mirada de la que habría sido su madre.
—Espero que el bello muchacho se encuentre aquí para ser inmortalizado con mi lente —exigió el fotógrafo que ya había rodeado a un petrificado Maclovio para explorarle la parte baja de la nuca—. Fascinante —repetía Giuseppe embelesado—. Antes de proceder a la sesión fotográfica, debo rogarle que me permita llevar a cabo un reconocimiento de su cráneo; de ser así, yo gustoso ofreceré una rebaja de precio sobre el costo original.
Lo de Maclovio era negociar, así que pronto adelantó:
—Quince por ciento me parece justo y lo mismo aplica para la señorita Zenaida García.
—!Subbitu¡ y no se diga más —dijo el calabrés invitándolos a trasponer la pesada cortina que daba la bienvenida a su estudio.
Los recién casados se despidieron con el niño Felipe dormido en brazos. La flamante señora de García se sentía un poco decepcionada por no tener un trajecito de marinero que el bebé Felipe pudiera vestir a diario. Tenían aún que atender asuntos pendientes y quedaron de encontrarse más tarde para el regreso.
Un ciclorama representando columnas romanas y jardines colgantes rematados por un cielo azul servía de telón de fondo al estudio del maestro Giuseppe. Maclovio tomó asiento en una de las ornadas sillas dedicadas a inmortalizar a los clientes. La altura del Negro hacía difícil el examen craneal, así que el maestro dispuso de un taburete para elevarse y atender la tarea. Zenaida García, curiosa, se acercó a presenciar la inusual labor de diagnóstico.
—¿Y qué viene siendo lo que le tienta en la cabeza? —preguntó Zenaida curiosa.
—En la forma y protuberancias del cráneo se esconden los rasgos de personalidad y carácter que determinan las conductas de los individuos —afirmó Giuseppe con los ojos cerrados mientras sus dedos se desplazaban cual arañas sobre la cabeza de Maclovio—. Y en el caso de este caballero, su cráneo guarda mucha información.
Maclovio se conservaba inmóvil y aún guardaba el sobre perfumado entre las manos. Había un gran espejo sobre la pared que reflejaba la imagen de Zenaida, que había acercado un segundo taburete para asomarse curiosa. El maestro Giuseppe seguía sumido en un trance de valoraciones científicas.
—Acérquese usted, linda señorita, y por favor, sienta el delicado pronunciamiento de las apófisis mastoides, justo detrás de las orejas. —Invitó Giuseppe guiando las manos de Zenaida a los puntos señalados—. La simetría es asombrosa.
El maestro se retiró por un momento, solo para regresar con un cuaderno e instrumentos especializados para el registro de las medidas y distancias del cráneo. Con los datos duros podría determinar la bonhomía, la agresividad y las inclinaciones morales y afectivas de Maclovio. Preguntó a Zenaida si sabía escribir y la maestra lo miró con gesto de reprobación. Disculpándose, Giuseppe pidió le ayudara a tomar notas.
Después de una hora de dictar referencias y acotaciones, Zenaida había llenado de apuntes cuatro hojas por ambos lados. Giuseppe miraba con orgullo las ordenadas progresiones numéricas que traducían a lenguaje científico las proporciones craneales de Maclovio.
—No soy el primero que intenta desentrañar los rasgos de personalidad de tan particular individuo —dijo el maestro—. Dígame, Maclovio, ¿cuándo es que le pusieron esas referencias en el cráneo?
—Se refiere a los tatuajes —contestó Maclovio.
—En efecto, a esos me refiero, son de naturaleza críptica y escapan a mis conocimientos —agregó Giuseppe—. Me pregunto si usted sabe de su significado.
—Pues sí sé algo, son instrucciones, me las puso una curandera cuando estaba chamaco, pero no me las alcanzo a ver.
Zenaida se puso inmediatamente de pie, arrastró pronto el taburete hasta que quedó frente a Maclovio, subió a su altura y le ordenó:
—Agacha la cabeza y no te muevas, tengo que ver esas instrucciones que dices.
Con la técnica depurada de despiojar a su hermanito Felipe, Zenaida hurgó el cráneo siguiendo los trazos que destacaban en el cuero cabelludo. Los símbolos y las conexiones propias de un mapa eran claras, corrían de un lado al otro, al frente y atrás, recreaban montes y valles, ríos y barrancas, pueblos y ciudades; una rosa de los vientos coronaba la mollera.
Maclovio levantó la cabeza con una sonrisa tímida. Encontró la mirada iluminada de Zenaida que, por la proximidad, parecía un cíclope. La muchacha lo tomó de las mejillas y se acercó para darle el beso más largo y profundo que su corazón podía ofrecer. De la coincidencia de sus labios fluyeron promesas de un cariño liberador y una comprensión ilimitada que ninguno de los dos sabía que podían existir en este mundo.
* * *
Las imágenes del maestro Giuseppe tenían un objetivo: capturar la expresión de sus modelos congelada en el tiempo. No importaba cuál fuera esta expresión, siempre y cuando aquellos que observaran la fotografía se formaran un juicio sobre qué es lo que pasaba por la mente de los personajes, fueran estas conjeturas correctas o no.
En el caso de la familia García, el retrato de Felipito daba la impresión de que el niño tenía hambre. En la imagen de los recién casados, parecía que el novio estaba desesperado por estrenar a la novia. En los casos de Zenaida y Maclovio, era más difícil desentrañar el sentimiento: Maclovio aparecía sentado sobre la silla, posicionado a tres cuartos de perfil ante la cámara; cruzaba una pierna sobre la otra y en la flexión que creaba la rodilla había colocado su sombrero. Miraba a la distancia como queriendo adivinar si algo se aproximaba. La interpretación se complicaba al descubrir el detalle de lo que parecía un sobre apretado entre sus dedos; el tipo, de hecho, lucía preocupado. Por inocente omisión, al escribir aquella carta confesional, la maestra Zenaida había dado por un hecho que Maclovio sabía leer y, curiosamente, no lo sabía hacer. En el retrato de Zenaida, por otra parte, la muchacha lucía con una expresión iluminada; la foto en blanco y negro interpretó el rosa de su vestido en un gris clarísimo, y los brocados que remataban el cuello y puños fueron resueltos por la emulsión con mayor detalle que en la realidad misma. El semblante era de una felicidad serena que recreaba la popular expresión de: «Parece que le hablara la Virgen». En realidad, su sentimiento era una mezcla de ilusión e ingenuidad liberadas, al caer en la cuenta de que cuando Maclovio decía que el lugar donde estaba el tesoro, «Lo tenía en la cabeza», su significado era literal.